Durante los últimos años las stablecoins han sido presentadas como una de las grandes promesas de la industria cripto: dinero digital estable, eficiente y capaz de transformar pagos, remesas y transferencias globales. Sin embargo, un reciente informe de la Reserva Federal de Kansas City pone en duda esta narrativa. Según el documento, apenas alrededor de 0,7% del uso total de stablecoins corresponde a pagos, mientras que cerca de 48,8% se concentra en trading y protocolos de finanzas descentralizadas (DeFi).
Este dato, no menor, implica que, en la práctica, las stablecoins no están siendo utilizadas principalmente como dinero en el sentido tradicional, sino como herramientas de liquidez dentro del ecosistema cripto. Es decir, funcionan más como “combustible financiero” para exchanges, arbitraje y operaciones dentro de DeFi que como un medio de pago cotidiano.
La diferencia entre narrativa y realidad abre un espacio de análisis relevante, especialmente para regiones como Latinoamérica. Mientras en mercados desarrollados las stablecoins parecen haberse integrado profundamente en el circuito cripto, en economías emergentes el contexto es distinto: altos costos en remesas, sistemas financieros poco profundos y acceso limitado a servicios bancarios tradicionales.
Aquí es donde la pregunta central cobra sentido: ¿podría Latinoamérica empujar a las stablecoins hacia su caso de uso más prometido, los pagos?
El informe también señala que alrededor de 29,3% del uso de stablecoins corresponde a transferencias, muchas de ellas vinculadas a movimientos corporativos, tesorería o flujos entre plataformas. Esto sugiere que, aunque no dominan los pagos minoristas, sí están siendo utilizadas como infraestructura para mover valor de forma eficiente, especialmente en operaciones de alto volumen.
En América Latina, esta funcionalidad ya comienza a tener relevancia. Países con alta dependencia de remesas, como El Salvador, Honduras o Guatemala, enfrentan costos que históricamente han superado el 5%, según estimaciones del Banco Mundial. En ese contexto, el uso de stablecoins podría representar una alternativa más eficiente, reduciendo intermediarios y tiempos de liquidación.
Sin embargo, el desafío no es sólo tecnológico. El mismo informe advierte que más del 5% de las stablecoins se encuentran en infraestructura como “puentes”, utilizados para mover activos entre distintas blockchains, lo que evidencia problemas de interoperabilidad. Este tipo de fricciones técnicas puede limitar su adopción masiva en pagos, especialmente para usuarios no especializados.
Además existe un factor clave: la educación financiera. En Latinoamérica, el potencial de las stablecoins como medio de pago depende no sólo de su disponibilidad, sino de que los usuarios comprendan su funcionamiento, riesgos y ventajas frente a alternativas tradicionales como transferencias bancarias o billeteras móviles.
A esto se suma el elemento regulatorio. Mientras algunos países avanzan en marcos para activos digitales —como El Salvador con su Ley de Emisión de Activos Digitales—, otros aún mantienen posiciones ambiguas o restrictivas. La claridad normativa será determinante para que empresas integren stablecoins en sistemas de pago y para que los usuarios confíen en su uso cotidiano.
Otro punto relevante es que el dominio del trading y DeFi en el uso de stablecoins refleja una realidad estructural: el crecimiento de este mercado ha sido impulsado por inversores y actores financieros, no por consumidores. Cambiar esto implica rediseñar productos, interfaces y experiencias enfocadas en pagos simples, rápidos y accesibles.
En este sentido, Latinoamérica podría convertirse en un laboratorio natural para esa evolución. A diferencia de economías donde los sistemas de pago están altamente desarrollados, en la región aún existen brechas que la tecnología puede llenar. Desde pagos transfronterizos hasta comercio digital, las stablecoins tienen el potencial de integrarse en casos de uso concretos si se alinean incentivos, regulación e infraestructura.
En definitiva, el informe de la Reserva Federal no sólo revela una desconexión entre el discurso y la realidad de las stablecoins, sino que también abre una oportunidad. Si bien hoy su uso está dominado por el trading, regiones como Latinoamérica podrían ser clave para redefinir su propósito hacia la economía real.
La pregunta ya no es si las stablecoins pueden usarse para pagos, sino dónde y bajo qué condiciones ese uso puede finalmente despegar.
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