En América Latina, las criptomonedas no se adoptaron por tendencia tecnológica sino por necesidad. La inflación, la devaluación y el colapso de sistemas financieros tradicionales empujaron a millones de ciudadanos hacia activos digitales como refugio. En ese contexto, los exchanges descentralizados —conocidos como DEX— encontraron terreno fértil en algunos países, pero siguen enfrentando una barrera cultural significativa en la mayoría de la región.
Los DEX son plataformas que permiten intercambiar criptoactivos directamente entre usuarios, sin intermediarios, mediante contratos inteligentes en la blockchain. No requieren registro de identidad, no custodian los fondos del usuario y no dependen de una empresa central que pueda quebrar, ser hackeada o congelada por un regulador. Son, en esencia, una apuesta por la autonomía financiera.
Donde la desconfianza manda, el DEX prospera
En países de mercados emergentes como Argentina, muchos ciudadanos recurren a plataformas P2P y descentralizadas como su principal vía de acceso a las criptomonedas, ya que no confían en los exchanges centralizados. Esta desconfianza tiene raíces históricas concretas: el corralito de 2001, en el que el sistema bancario argentino congeló los depósitos de millones de personas, dejó una herida que ninguna campaña de marketing financiero ha logrado cerrar del todo. Para el argentino promedio que ya vivió el colapso de una institución centralizada, ceder las llaves de sus activos a un exchange es repetir un error del pasado.
Venezuela sigue una lógica similar. La adopción cripto recorre cada rincón del país, impulsada por años de devaluación e hiperinflación, y los DEX ofrecen acceso sin fricciones regulatorias ni dependencia de una banca que tampoco genera certeza.
Más allá de estas ventajas contextuales, los DEX tienen atributos genuinos que los hacen atractivos en cualquier mercado: al operar sobre redes descentralizadas, son menos susceptibles a la intervención gubernamental, permiten a los usuarios de cualquier parte del mundo acceder a servicios financieros y ofrecen control total sobre los fondos sin requerir custodia por parte de una entidad central. A escala global, el sector ha madurado considerablemente: según Grayscale Research, los DEX ya representan el 7,6% del volumen total de trading cripto mundial, frente a apenas el 3% en 2023.
El resto de la región prefiere que haya alguien al teléfono
Sin embargo, el panorama cambia cuando se observa al resto de América Latina. En países con menor historial de crisis bancarias agudas, la centralización no se percibe como un riesgo sino como una garantía. El usuario promedio en El Salvador, Guatemala, Colombia o Perú valora poder acudir a una ventanilla —física o digital— cuando algo sale mal, tener un nombre legal al que reclamar y operar bajo un marco regulatorio que le dé respaldo.
Esa lógica explica, en parte, el éxito del modelo regulado en El Salvador. La Comisión Nacional de Activos Digitales (CNAD) ha otorgado más de 60 licencias DASP bajo la Ley de Emisión de Activos Digitales (LEAD), todas ellas dirigidas a plataformas centralizadas que cumplen con estándares de cumplimiento AML y KYC. Las empresas que obtienen la licencia DASP operan dentro del marco legal del país, ofreciendo a los usuarios supervisión regulatoria, seguridad y transparencia —características que, en un mercado con adopción incipiente, pesan más que la autocustodia.
El desafío de los DEX en esta parte de la región no es tecnológico sino cultural. Plataformas como Uniswap o PancakeSwap no tienen oficina, no tienen soporte en español 24/7 y no devuelven fondos si el usuario comete un error al firmar una transacción. En un exchange descentralizado, casi todo está controlado por código: si se comete un error, nadie puede ayudar. Esa frase resume el obstáculo principal en economías donde la educación financiera en cripto todavía está en construcción.
Un futuro de coexistencia
El escenario más probable para la próxima década no es que los DEX reemplacen a los exchanges centralizados en Latinoamérica, sino que ambos modelos coexistan en segmentos distintos. Los DEX seguirán siendo relevantes para usuarios avanzados, para quienes operan en economías con sistemas financieros rotos y para quienes valoran la privacidad por encima del soporte. Los exchanges centralizados y regulados, en cambio, serán la puerta de entrada para la mayoría.
Lo que sí está claro es que la descentralización no se vende sola. En América Latina, la confianza se construye con instituciones, y eso —por ahora— es terreno de los CEX.
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