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Kevin Rivera
Escrito por Kevin Rivera,Redactor de plantilla
Fernando Quirós
Revisado por Fernando Quirós,Editor de plantilla

Afirman que el rally del oro y la plata refleja un mercado que no logra calibrar la incertidumbre

El oro y la plata alcanzaron máximos históricos en enero de 2026. Un economista salvadoreño explica por qué esos picos reflejan algo más profundo que una simple corrida hacia activos seguros.

Afirman que el rally del oro y la plata refleja un mercado que no logra calibrar la incertidumbre
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El oro tocó USD 5.602,22 por onza el 28 de enero de 2026 y la plata alcanzó USD 121,67 al día siguiente, ambos en máximos históricos absolutos. Sin embargo, para Otto Boris Rodríguez, economista y exvicepresidente del Banco Central de Reserva (BCR) de El Salvador, esos picos no fueron solo el resultado de una demanda robusta: fueron el síntoma de que los agentes del mercado internacional han perdido capacidad de predecir. 

"Hay demasiada turbulencia para saber", dijo Rodríguez, quien leyó el rally de los metales preciosos como una sobrerreacción ante un escenario de inflación persistente, conflictos armados sin resolución y una geopolítica que se reconfigura a un ritmo que los mercados difícilmente logran absorber.

Un mercado que no logra calibrar las expectativas

Rodríguez identificó una confluencia de factores que, combinados, han disparado la volatilidad y empujado a los inversores hacia los metales preciosos. La debilidad del dólar, las presiones inflacionarias en Estados Unidos, la guerra entre Rusia y Ucrania —que ha destruido infraestructura petrolera y gasífera clave—, y la incertidumbre sobre las decisiones de la Reserva Federal forman, según el economista, un cóctel de señales contradictorias que hace casi imposible anticipar el comportamiento de los mercados con un horizonte de semanas:

A los agentes les cuesta más predecir, y como les cuesta más predecir, la especulación se vuelve mucho más grande que en tiempos normales

A eso sumó factores como el fenómeno de El Niño y su impacto potencial en las cosechas, que alimentan expectativas inflacionarias adicionales. En ese contexto, el economista advirtió que la Reserva Federal enfrentará presiones cruzadas: por un lado, la inflación que exigiría mantener o subir tasas; por el otro, las presiones políticas del gobierno de Estados Unidos para reducirlas. "Con un poquito que se mueva la tasa de la Fed son golpes bastante fuertes en los mercados", señaló.

Para Rodríguez, el resultado de esa incertidumbre ya es visible: el crecimiento económico global tenderá a moderarse por debajo de las proyecciones de inicio de año, la inversión extranjera se enfriará y las tasas de riesgo país subirán en las economías más vulnerables: "Todo apunta a que va a haber inflación y eso distorsiona todos los temas de atracción de inversión extranjera", sostuvo.

El oro como termómetro de una crisis de confianza

Más allá de la especulación de corto plazo, Rodríguez vio en el rally del oro una señal de fondo: los agentes económicos y los bancos centrales están enviando un mensaje implícito sobre dónde creen que reside el verdadero refugio de valor. El caso más ilustrativo, señaló, fue el de Francia, que decidió repatriar sus reservas de oro desde Estados Unidos al continente europeo. 

"Quieren tener el físico porque antes solo tenían un certificado. Pero ese certificado lo perdés, o el oro está en otro lado y no te lo quieren entregar, y perdiste el oro", explicó el economista, subrayando la diferencia entre poseer un activo tangible y confiar en un documento de terceros.

Esa tendencia no es aislada. Según datos del Fondo Monetario Internacional, los bancos centrales globales superaron las 36.000 toneladas en reservas oficiales en el tercer trimestre de 2025, el nivel más alto en al menos 75 años, con compras netas de 863 toneladas al año. 

El propio BCR de El Salvador se sumó a esa corriente: entre septiembre de 2025 y enero de 2026, el banco central realizó dos compras de oro —la primera y la segunda desde 1990— adquiriendo un total de 23.297 onzas troy por alrededor de USD 257 millones, llevando sus reservas auríferas a 67.403 onzas con un valor estimado de USD 360 millones.

Los BRICS y el oro como arma geopolítica

Uno de los argumentos más contundentes de Rodríguez fue el que trasciende la dinámica de mercado: para el economista, la acumulación de metales preciosos por parte de las economías emergentes, especialmente China, responde a una estrategia deliberada de debilitamiento del dólar como moneda de reserva global: 

Entre más reservas tengan de oro, plata y todo esto, más debilitan al dólar. Me imagino que ese es un objetivo implícito de ellos porque quieren romper esa hegemonía

El escenario que describió Rodríguez fue el siguiente: si China logra respaldar su moneda con oro —una idea que ya circula en los foros de los BRICS—, la mayoría de los países migrarían hacia ese sistema monetario, al menos parcialmente. Esa migración generaría una demanda adicional de oro que presionaría aún más sus precios al alza, mientras que los países que hoy mantienen sus reservas en dólares enfrentarían una doble presión: el debilitamiento de su principal activo de reserva y la necesidad de acumular metal físico para no quedar fuera del nuevo esquema. 

"Todos los países van a empezar a migrar hacia ahí", proyectó el economista.

El caso del petróleo también entró en esta ecuación geopolítica. Aunque Rodríguez reconoció que el hidrocarburo seguirá siendo relevante en el mediano plazo, apuntó que la transición energética liderada por China —con su apuesta masiva por la generación eléctrica, los paneles solares y los vehículos eléctricos— irá reduciendo gradualmente el peso del petróleo en la economía global, lo que a su vez reforzará la demanda de otros metales como la plata, el litio y los minerales críticos para la manufactura tecnológica.

La plata: entre el refugio y la industria

La plata tuvo en 2025 uno de sus movimientos más extraordinarios en décadas. Después de 45 años sin superar la barrera de los USD 49-50 por onza —un techo que resistió desde el intento de los hermanos Hunt de acaparar el mercado en 1980—, el metal blanco irrumpió en territorio de triple dígito y marcó su máximo histórico en USD 121,67. Para Rodríguez, ese movimiento tuvo una lógica dual: combinó la búsqueda de refugio de valor con una demanda industrial estructural que no depende de narrativas de mercado sino de necesidades concretas de la economía real.

"Hay una tendencia grande, implícita, de que el refugio de valor al final van a ser los metales preciosos, el oro, la plata, incluso otros metales utilizados de forma industrial", señaló el economista. 

En ese sentido, la plata ocupó una posición particular: a diferencia del oro, cuya demanda es predominantemente financiera, cerca del 60% del consumo anual de plata proviene de aplicaciones industriales —electrónica, paneles solares, semiconductores y baterías—, sectores que crecen precisamente al ritmo de la transición energética y la expansión de la inteligencia artificial. El Silver Institute proyecta un déficit de oferta de 67 millones de onzas en 2026, el sexto año consecutivo en que la demanda supera a la producción.

Bitcoin como telón de fondo

En contraste con el desempeño de los metales, bitcoin cerró 2025 con pérdidas de alrededor del 5-6% respecto al inicio del año, tras haber tocado un pico histórico de USD 126.000 en octubre y retroceder cerca de un 30% desde ese máximo. Para Rodríguez, la divergencia entre los metales y el activo digital reveló una distinción fundamental: el oro y la plata tienen valor intrínseco y demanda real independiente de cualquier narrativa, mientras que el precio de bitcoin depende en parte de una maquinaria de promoción sostenida que ningún otro activo de reserva ha necesitado construir:

Los tenedores de oro no pagan a youtubers para estar haciendo promoción. ¿Qué pasaría si nosotros hiciéramos lo mismo con el oro? Probablemente el oro valdría más también

Rodríguez no descartó que bitcoin tenga un rol en el ecosistema financiero, pero consideró que aún enfrenta retos estructurales para ser considerado una reserva de valor en el sentido clásico del término: ausencia de valor intrínseco, alta dependencia de la especulación y una base de usuarios que, en su mayoría, no logra diferenciarlo de otros activos digitales usados en esquemas fraudulentos. "Todavía hay mucho que se tiene que lograr con bitcoin para que la gente lo vea con más propiedad", concluyó.

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