El Salvador se ha convertido en uno de los laboratorios financieros más activos de América Latina. Desde que entró en vigor la Ley de Emisión de Activos Digitales (LEAD), la Comisión Nacional de Activos Digitales (CNAD) ha habilitado 53 emisiones financieras con un volumen total aproximado de USD 200.000 millones.
Proyectos inmobiliarios, deuda corporativa, commodities agrícolas y letras del Tesoro tokenizadas forman ya un catálogo diverso. El mercado primario, en otras palabras, existe. Lo que aún no existe —al menos no de manera funcional— es el mercado secundario.
Esta es la paradoja central del ecosistema de activos digitales salvadoreño: se ha logrado movilizar capital hacia nuevas emisiones, pero el circuito todavía no cierra. Un inversor que adquirió tokens de una empresa local hoy tiene muy pocas opciones reales para salir de esa posición antes del vencimiento. Y eso, en cualquier mercado de capitales maduro, es una limitación estructural.
Algunas emisiones recientes sí han comenzado a incorporar la promesa del mercado secundario en su diseño. Es el caso de Cadejo Brewing Company, cuyo token de deuda KDJOBLANCO, se encuentra sujeto a un período de lock-up durante la suscripción, tras el cual podrá comercializarse en mercados secundarios.
En la misma línea, Ricorp Corporación Financiera realizó una emisión de deuda por USD 5 millones estructurada en tramos y negociada en DAX, la plataforma del Grupo Bolsa de Valores que, en teoría, integra en una sola plataforma procesos como el registro de inversionistas, la emisión de instrumentos, el mercado primario, el pago de rendimientos y la posibilidad de negociación en un mercado secundario.
Pero contemplar un mercado secundario no es lo mismo que tenerlo. La habilitación de estos mercados no garantiza su funcionamiento: un mercado secundario sin actividad es, en esencia, una promesa incumplida. La liquidez no se crea por decreto ni por diseño tecnológico; requiere participantes dispuestos a operar de forma constante.
Aquí es donde surgen las preguntas más relevantes para el futuro del ecosistema. ¿Cómo se desarrollarán estos mercados secundarios en la práctica? ¿Habrá fondos de inversión especializados que provean liquidez? ¿Entrarán market makers profesionales al juego? Y quizás la pregunta más estratégica de todas: ¿se consolidará un único mercado secundario donde puedan negociarse tokens de distintas plataformas, o cada emisora construirá su propio ecosistema cerrado?
La fragmentación es el escenario menos deseable. Si cada plataforma —Ditobanx, Bitfinex Securities, DAX, eNor Securities— opera su propio mercado secundario de forma aislada, el resultado será una liquidez dispersa e insuficiente en cada uno de ellos. Un token de Cadejo no podrá cruzar órdenes con un token de NexBridge. El inversor quedará atrapado en silos. Para que el ecosistema madure de verdad, se necesita interoperabilidad o, al menos, concentración de volumen en uno o dos mercados de referencia.
El rol de los market makers será determinante. Para que los activos tokenizados evolucionen hacia un mercado profundo y eficiente, es necesario que exista una base sólida de capital proporcionada por inversionistas institucionales o fondos y, al mismo tiempo, actores especializados que convivan en la estructura. Sin esos actores, el spread entre oferta y demanda puede ser tan amplio que la negociación secundaria resulte económicamente inviable para el inversor minorista.
El Salvador tiene el marco regulatorio, tiene las primeras emisiones y tiene plataformas operativas. Lo que viene a continuación —construir mercados secundarios líquidos, atraer capital institucional y definir si el ecosistema convergerá o se fragmentará— determinará si el país se queda en un experimento innovador o consolida un verdadero mercado de capitales digitales. La infraestructura está tendida. Ahora falta el tráfico.
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