Cuando un banco transfiere fondos a otro en América Latina, el proceso que ocurre detrás de la pantalla tiene poco de moderno. Los sistemas de liquidación bruta en tiempo real —conocidos como RTGS por sus siglas en inglés— que administran los bancos centrales de la región fueron diseñados para operar en ventanas horarias, procesar transacciones en lotes y descansar los fines de semana. Son sistemas que funcionan, pero que fueron concebidos en una época en que nadie imaginaba que una stablecoin podría liquidar una transferencia internacional en menos de un minuto.
Eso está cambiando afuera de la región. Varios bancos centrales en Asia y Europa están evaluando activamente blockchain como infraestructura base para sus sistemas de liquidación interbancaria.
El Project mBridge, impulsado por los bancos centrales de China, Hong Kong, Tailandia, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y el Banco de Pagos Internacionales, ya procesó más de USD 55.000 millones en transacciones reales sobre un ledger distribuido compartido, demostrando que la liquidación entre bancos centrales sin intermediarios corresponsales es técnicamente viable.
En América Latina, esa conversación no existe, o al menos no ocurre en público.
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El problema no es solo tecnológico
Los sistemas RTGS de la región cumplen su función: liquidan pagos de alto valor entre instituciones financieras con carácter definitivo e irrevocable. Pero lo hacen dentro de horarios de oficina, con infraestructura legacy que requiere mantenimiento constante y que no fue diseñada para operar de forma continua. Eso crea fricciones que el sistema ha aprendido a absorber mediante buffers de liquidez, reconciliaciones nocturnas y dependencia de redes de corresponsalía para los pagos transfronterizos.
El costo real de esa fricción es difícil de cuantificar, pero se manifiesta de formas concretas: transferencias interbancarias que no se procesan fuera de horario, pagos internacionales que toman días en liquidar, y capital inmovilizado en márgenes de seguridad que compensan la falta de sincronización en tiempo real.
Blockchain no resuelve todos esos problemas por sí solo, pero sí ataca directamente la causa estructural: la existencia de ledgers separados que deben reconciliarse en lugar de un registro compartido que se actualiza de forma simultánea.
Lo que frena el debate
Parte de la resistencia es legítima. Migrar la infraestructura crítica de pagos de un país no es un experimento. Los riesgos operativos, de ciberseguridad y de gobernanza son reales, y los bancos centrales tienen razones para ser conservadores con sistemas de los que depende la estabilidad financiera.
Pero otra parte de la resistencia es más difícil de justificar. Los sistemas de liquidación actuales generan ingresos indirectos para la banca privada precisamente porque son lentos: el float que se acumula durante los ciclos de liquidación, las comisiones de corresponsalía en pagos internacionales, los márgenes sobre conversiones de divisas. Acelerar la liquidación comprime esos ingresos, y eso crea incentivos para no acelerar la conversación.
El momento es ahora
América Latina tiene una característica que la hace especialmente relevante para este debate: es una región donde las stablecoins ya no son un fenómeno marginal. En países como Argentina, Venezuela y otros con historial de inestabilidad cambiaria, USDT y USDC funcionan como instrumentos de ahorro y transferencia cotidiana para millones de personas. Eso significa que la competencia al sistema de pagos tradicional no es una amenaza futura, es una realidad presente.
Si los bancos centrales de la región no lideran la modernización de su infraestructura de liquidación, otros lo harán por ellos. No mediante regulación ni política pública, sino mediante adopción. La pregunta no es si los sistemas RTGS de América Latina van a cambiar. Es quién va a definir cómo.
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