El Estrecho de Ormuz no es simplemente un accidente geográfico que separa las costas de Irán y Omán; es, en la práctica, la arteria principal del sistema circulatorio energético del planeta. A través de este estrecho pasadizo navega una fracción significativa del consumo mundial de petróleo, lo que convierte a este punto de estrangulamiento en un barómetro de la estabilidad geopolítica y económica global. Cuando la tensión geopolítica aumenta en esta región, las ondas de choque no se limitan a las fronteras de Oriente Medio, sino que se propagan con una velocidad y una intensidad que terminan golpeando, de forma directa, los bolsillos de los ciudadanos en América Latina. Comprender esta conexión es fundamental para entender por qué un evento ocurrido a miles de kilómetros de distancia tiene la capacidad de alterar el costo de la canasta básica en ciudades como Bogotá, Ciudad de México o Santiago.
El mecanismo de transmisión de este fenómeno es tanto físico como financiero. Cuando el paso naval enfrenta riesgos de cierre o bloqueos, el mercado de futuros reacciona de manera inmediata ante la incertidumbre. Las primas de seguro para las embarcaciones que atraviesan la zona se disparan, y el costo del flete marítimo aumenta ante el temor de tener que tomar rutas alternativas más largas y costosas. Este incremento en el transporte de crudo y sus derivados, como el diésel y la gasolina, se traslada rápidamente a la cadena de valor global. En América Latina, donde la logística de transporte terrestre depende fundamentalmente de combustibles derivados del petróleo, cualquier aumento en el precio internacional del barril se traduce inevitablemente en un incremento de los costos operativos para las empresas de carga y transporte.
Este fenómeno genera lo que los economistas denominan inflación importada. En una región donde gran parte de los bienes de consumo y los insumos productivos se mueven mediante flotas de camiones que recorren distancias extensas, el costo del combustible es uno de los componentes más pesados en la estructura de precios finales. Si el precio del petróleo sube debido a las turbulencias en el Estrecho de Ormuz, los costos de transporte de alimentos, medicinas y productos manufacturados aumentan. Los productores y distribuidores, al enfrentarse a márgenes de beneficio más estrechos, terminan trasladando este incremento al consumidor final. Por lo tanto, el ciudadano de a pie en la región experimenta una pérdida de su poder adquisitivo real, no debido a una falla en la economía local, sino a una distorsión generada por un evento geopolítico remoto que encarece la energía necesaria para mover la economía.
La dinámica varía dependiendo de la estructura económica de cada nación, aunque los efectos secundarios se sienten en todo el continente. Las economías importadoras de petróleo, comunes en la región del Caribe y en varios países de Centroamérica, sufren de manera más aguda. Estos países tienen una vulnerabilidad estructural al no producir suficiente energía para abastecer su demanda interna, lo que los obliga a importar combustibles a precios que, en momentos de crisis, se vuelven prohibitivos. El alza en los combustibles no solo eleva el costo de vida, sino que presiona a los bancos centrales a mantener políticas monetarias restrictivas para intentar controlar la inflación, lo que a su vez limita el acceso al crédito y frena el crecimiento económico general.
Por otro lado, las economías que poseen una matriz exportadora de hidrocarburos, como Brasil, Guyana, Colombia o México, enfrentan una paradoja distinta. Aunque en teoría el aumento del precio del petróleo podría significar mayores ingresos fiscales por concepto de exportaciones, el escenario es mucho más complejo. La volatilidad extrema en los mercados financieros internacionales tiende a alejar la inversión extranjera directa, que prefiere activos refugio ante la incertidumbre geopolítica. Además, si el alza en los precios del crudo y la energía es tan severa que provoca una recesión en las potencias económicas globales, la demanda externa de materias primas provenientes de América Latina cae estrepitosamente, lo que anula cualquier ganancia teórica derivada de los altos precios del petróleo. La estabilidad del mercado es, en última instancia, más valiosa para el crecimiento sostenido de la región que un pico de precios provocado por un conflicto.
La sensibilidad de los mercados financieros latinoamericanos a estas noticias es un reflejo de esta vulnerabilidad. La reacción de las monedas locales frente al dólar estadounidense suele ser violenta ante cada noticia que llega desde Oriente Medio. Cuando en abril de dos mil veintiséis se anunció la reapertura plena del estrecho y se disiparon los temores de un bloqueo prolongado, las bolsas latinoamericanas experimentaron un respiro inmediato y las monedas locales recuperaron terreno frente al dólar. Este comportamiento confirma que el mercado financiero ve en la estabilidad de Ormuz una condición necesaria para la normalidad económica en el mundo emergente. La incertidumbre constante obliga a los gobiernos y a los bancos centrales a mantener niveles de reservas más altos y a implementar políticas de prudencia que, si bien son necesarias, consumen recursos que podrían destinarse a la inversión en infraestructura o desarrollo social.
Ahora bien, podría argumentarse que la dependencia exacerbada de América Latina respecto a las fluctuaciones en el Estrecho de Ormuz no es un fallo externo, sino un síntoma de una transición energética incompleta. A menudo se suele señalar al estrecho como la causa principal de la inestabilidad en los costos energéticos regionales. Sin embargo, una mirada más objetiva sugiere que la verdadera causa de esta vulnerabilidad es la falta de diversificación en las matrices energéticas internas. La crisis que este cuello de botella provoca actúa como un catalizador que acelera, de manera forzosa, la necesidad de adoptar fuentes de energía alternativas, como la solar, la eólica o la hidroeléctrica, que son abundantes en la región.
Desde este punto de vista, la inestabilidad en Ormuz termina siendo un estímulo para que América Latina desarrolle capacidades propias de generación de energía. Aunque el corto plazo está marcado por la inflación importada y la volatilidad financiera, estos episodios podrían estar incentivando una independencia energética que, de otro modo, se habría postergado por décadas debido a la comodidad que ofrecía el petróleo barato y accesible. Así, el impacto negativo de Ormuz no es el fin de la historia, sino el factor de presión que obliga a la región a reconsiderar su modelo económico. La lección analítica aquí es que la resiliencia de América Latina ante choques externos no se logrará intentando controlar variables geopolíticas que están fuera de su alcance, sino mediante la construcción de un sistema energético que sea lo suficientemente autónomo como para que el cierre de un canal marítimo al otro lado del mundo deje de ser una amenaza existencial para el bienestar de sus ciudadanos. La verdadera soberanía económica, en última instancia, reside en la capacidad de generar la propia energía necesaria para alimentar el progreso local, independientemente de lo que ocurra en los mares distantes del Golfo Pérsico.
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